Hay ciudades que crecen hacia arriba con rascacielos, y otras que lo hacen hacia abajo. Shanghái decidió hacerlo en ambas direcciones. Bajo sus avenidas llenas de luces y pantallas gigantes se extiende el metro más largo del mundo, una red que parece no tener fin y que, literalmente, conecta toda la ciudad con sus límites más lejanos.
El Metro de Shanghái comenzó a operar en 1993 con apenas una línea. Hoy tiene 20 líneas y más de 830 kilómetros de extensión, el doble que los sistemas de Londres o Nueva York. Transporta a más de 10 millones de personas al día, lo que lo convierte no solo en el más largo, sino también en uno de los más utilizados del planeta.
A diferencia de otros sistemas, el de Shanghái es sorprendentemente accesible. El boleto más barato cuesta alrededor de 3 yuanes (unos 7 pesos mexicanos) y el más caro —para trayectos largos que cruzan toda la ciudad— llega a unos 9 yuanes (21 pesos). Todo depende de la distancia recorrida. Los boletos se pagan con tarjeta, código QR o incluso con reconocimiento facial en algunos accesos, una muestra de cómo la tecnología se integró por completo al transporte público.
Las estaciones parecen aeropuertos: limpias, amplias y con tiendas, cafeterías, supermercados e incluso pequeños museos subterráneos. En las líneas más modernas, los trenes son automáticos, sin conductor, y las pantallas informan cada movimiento con precisión. Si te pierdes, la señalización está en inglés y mandarín, y hay mapas digitales en cada pasillo.
El contraste con otros metros del mundo es enorme. En Londres, por ejemplo, el boleto promedio cuesta unos 6 libras (más de 120 pesos mexicanos) y en Nueva York, 2.90 dólares (unos 50 pesos). En Ciudad de México, el viaje cuesta apenas 5 pesos, pero la diferencia tecnológica y de extensión es evidente: el nuestro tiene 12 líneas y 226 kilómetros. En Shanghái, solo una de sus líneas, la 11, mide casi lo mismo que toda la red del Metro CDMX.
Detrás de esta megaobra hay un ritmo que no se detiene. Cada año se inauguran nuevas extensiones, y el plan oficial busca llegar a 1,000 kilómetros antes de 2030. Todo financiado con una mezcla de inversión estatal, transporte inteligente y desarrollo urbano: los centros comerciales y viviendas que se construyen alrededor de cada estación ayudan a pagar el sistema.
Y aunque Shanghái avanza a otro nivel, el viaje diario tiene algo en común con el nuestro: los pasajeros apurados, el sonido de las puertas cerrándose y el silencio compartido entre desconocidos que solo esperan llegar a casa.
El metro más largo del mundo no solo conecta una ciudad. Conecta la idea de futuro con la vida cotidiana. Y si algo queda claro después de recorrerlo, es que el futuro del transporte urbano ya está bajo tierra… y corre cada dos minutos.
