Había algo especial en el ambiente del Pabellón Oeste del Palacio de los Deportes el miércoles por la noche. Royel Otis se presentó por primera vez en México, en la CDMX, con Azul de Viena como invitados especiales, y los que estuvieron ahí saben que fueron testigos de algo que no se repite: el primer concierto de una banda en un país nuevo es una magia que solo existe esa vez. El dúo australiano, que pasó de ser un proyecto indie casi desconocido fuera de su país a convertirse en uno de los nombres más buscados del streaming global en los últimos dos años, llegó a México con una seguridad que no es común en artistas de su tamaño de carrera.
La propuesta en vivo de Royel Otis es de las que convencen incluso a quienes no conocían su música. La mezcla de indie pop con influencias del rock de los noventa y letras que oscilan entre la melancolía y el humor seco funciona todavía mejor cuando se escucha con un sistema de sonido de calidad y en la oscuridad de una sala llena. Los fans mexicanos, que han construido una comunidad de seguidores en redes más intensa que la que el dúo tiene en muchos países de habla inglesa, respondieron con un nivel de euforia que claramente sorprendió a los dos integrantes en el escenario.
Azul de Viena, el acto de apertura, demostró una vez más por qué es uno de los proyectos más interesantes que ha producido la escena alternativa mexicana en años recientes. Su set fue lo suficientemente sólido para que varios asistentes que llegaron sin conocerlos se fueran buscando sus canciones en Spotify. Esas noches en que el acto de apertura gana fans nuevos son las mejores del circuito de conciertos, y esta lo fue.
