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Por Pablo Andrei Zamudio Díaz

Este jueves, a las siete de la tarde, en Guadalajara, once futbolistas mexicanos van a saltar a la cancha frente a Corea del Sur. Es la segunda jornada del torneo. México llega de ganarle a Sudáfrica y con la obligación de no soltar la cima del grupo. Hasta ahí, la nota deportiva. Pero debajo del partido hay una pregunta que me interesa más que el marcador: ¿cuántas personas mexicanas quisieran ver ganar a México este jueves?

Millones. Decenas de millones, seguramente. Y justo ahí está lo curioso, porque esos millones que desean exactamente lo mismo no se parecen en casi nada entre sí.

Entre quienes van a gritar por México habrá quien le va al América y quien antes se corta una mano que ponerse algo que no sea rojiblanco. Habrá quien simpatiza con Morena y quien no la puede ni ver. Gente que votó de un lado, gente que votó del otro, gente que ni votó. Cada quien con su bandera, su equipo, su pleito. Y aun así, el jueves a las siete, todas esas banderas se van a quedar quietas un rato.

Porque la pregunta de fondo es esta: ¿algo de eso importa para el partido? ¿Importa, cuando México está por meter gol, si la persona de al lado le va al América o a las Chivas, si vota como yo o piensa lo contrario? No. Lo único que va a importar en esos noventa minutos es ver ganar a México. Y creo, con toda franqueza, que esa misma respuesta sirve para muchas cosas además del futbol.

No me malinterpreten. Que pensemos distinto no es un problema que haya que arreglar; es señal de que la sociedad está viva. Tener ideas, gustos y deseos diferentes es legítimo, y hasta sano. Un país que exige que todo el mundo piense igual no es un país, es un cuartel. Somos sociedad precisamente porque en ella cabemos todas y todos, con nuestras diferencias a cuestas, sin que nadie tenga que dejar de ser lo que es. Esa pluralidad no nos debilita; nos define.

Dicho eso, va la pregunta que de verdad importa. Aun siendo tan diferentes, ¿no hay principios, no hay bienes comunes que todas las personas mexicanas, absolutamente todas, al menos ante cualquier criterio de razonabilidad objetiva, terminamos compartiendo por encima de lo que nos separa?

Yo creo que sí los hay. Nadie de buena fe quiere para su país más pobreza, más injusticia o más miedo, ni para su gente más enfermedad de la que ya carga. A ninguna persona mexicana honesta le gusta ver a otra humillada o sin futuro. Cuando lo que está en juego es la seguridad de la familia, la escuela de hijas e hijos o la dignidad de quien menos tiene, las camisetas y los partidos pierden el filo, y debajo de todo eso aparece el mismo deseo: que a todo el mundo le vaya bien. Esas coincidencias no son cuento. Son el piso sobre el que se para cualquier nación que merezca el nombre.

El futbol tiene esta semana la rara virtud de enseñarnos lo que el resto del año se nos olvida. El jueves, durante hora y media, millones de personas mexicanas que no coinciden en casi nada van a coincidir en lo que importa: querer lo mismo, gritar lo mismo, sufrir y celebrar lo mismo. Y nadie le va a pedir credencial a la persona de al lado antes de abrazarla en el gol. Esa escena, que de tan común casi ni la notamos, es una lección de país.

Lo que propongo es fácil de decir y difícil de hacer: que esa cordura de los noventa minutos nos dure más allá del silbatazo. Respetar nuestras diferencias, sí, pero sin permitir que nos paralicen. Saber separar aquello en lo que legítimamente no estamos de acuerdo de aquello en lo que, lo veamos o no, sí coincidimos. Y por esas coincidencias de bienestar, caminar juntas y juntos por México y por todas las personas mexicanas.

Dentro y fuera de la cancha pasa lo mismo: ningún equipo gana jugando contra sí mismo. El jueves lo vamos a recordar de golpe, con el corazón en la garganta. Ojalá no haya que esperar al siguiente torneo para acordarnos otra vez.

Vamos, México.

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