El Metro como espejo cultural: la ciudad que se mueve bajo tierra
En la Ciudad de México, la cultura no está solo en los museos o en las plazas. También anda abajo, en los túneles, esperando el convoy, apretujada en los vagones del Metro a las ocho de la mañana. El Sistema de Transporte Colectivo no es nada más una forma de llegar del punto A al punto B: es uno de los espacios culturales más vivos de este país, aunque casi nadie lo vea así.
Con más de cincuenta años encima, el Metro ha visto pasar de todo: crisis económicas, cambios de gobierno, modas que van y vienen, generaciones que crecen y envejecen. En sus estaciones se mezclan acentos, estilos, idiomas y formas de vivir que difícilmente coinciden en otro lugar. Ahí la ciudad se muestra sin maquillaje: trabajadores, estudiantes, vendedores, músicos y turistas comparten el mismo vagón, aunque cada uno vaya a su propio mundo.
La cultura del Metro también es lo que pasa en los márgenes. Los que venden desde chicles hasta cargadores de celular, los que cantan rancheras o tocan la guitarra desafinada, los que sueltan discursos de memoria sobre cremas milagrosas. No es ruido nada más: es una narrativa popular que habla de ingenio, necesidad y resistencia. Cada anuncio gritado, cada canción interpretada a medias, cuenta algo sobre cómo la gente se busca la vida todos los días.
En los últimos años, además, el Metro se ha llenado de cosas que no esperabas ver ahí: fotos en las paredes, murales, campañas artísticas, intervenciones que intentan cambiar la manera en que miramos ese espacio. No solo lo hacen más bonito, también te invitan a detenerte un segundo y ver distinto un lugar que normalmente solo asocias con prisas y empujones.
Pero lo más importante tal vez sea lo que no se ve: las reglas que nadie escribió pero todos conocen, la ayuda que alguien te da sin pedirla, el cuidado colectivo cuando todo se pone caótico. En el Metro aprendes a moverte en la ciudad, a negociar tu espacio, a reconocer al de al lado aunque nunca le hables.
Al final, el Metro no es solo concreto y rieles: es un archivo vivo de cómo somos los que vivimos aquí. Una ciudad subterránea que se mueve sin parar y que, sin darse cuenta, va contando quiénes somos, cómo nos las arreglamos y hacia dónde vamos.

