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Durante años, el diagnóstico fue categórico: el comercio electrónico mataría al centro comercial. Las tiendas cerraban, las plazas perdían tráfico, y todo apuntaba a que el mall era un formato en extinción.

Pero el diagnóstico falló en algo: subestimó que la gente no iba al mall solo a comprar.

Hoy, plazas como Perisur, Parque Delta o Antara en la CDMX están volviendo a llenarse, y no necesariamente por las tiendas ancla. Lo que los convoca es otra cosa: una cafetería con buena luz para trabajar, un evento temporal que vale la foto, un espacio para caminar sin destino fijo en una ciudad donde eso cada vez es más difícil.

El fenómeno tiene lógica. Después de años de hiperconexión digital —plataformas, notificaciones, scroll infinito—, el espacio físico compartido ofrece algo que la pantalla no puede: presencia. Estar en un lugar, con personas reales, sin que nada te pida que hagas clic.

Los malls más inteligentes ya lo entendieron y dejaron de competir contra el e-commerce. En su lugar, apostaron por arquitectura que valga la pena recorrer, experiencias visuales diseñadas para redes, y una programación de eventos que convierte la visita en algo más que una transacción. La tienda es el pretexto. El plan es otro.

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