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En la esquina de Álvaro Obregón y Tonalá hay un lugar que casi no llama la atención. Tiene plantas en las ventanas y, si pasas temprano, te llega el olor a pan recién salido del horno. Es Máximo Bistrot, y aunque lleva años ahí, sigue siendo de esos lugares que te hacen sentir que descubriste algo especial.

Todo empezó hace más de diez años. Eduardo García, el chef, y su esposa Gabriela López abrieron una cocina chiquita con una idea bien simple: cocinar con lo que estuviera fresco ese día. Nada de menús impresos ni platos armados para la foto. Solo buenos ingredientes y ganas de hacerlo bien.

Con el tiempo, Máximo creció, cambió de local y se volvió un nombre conocido. Pero adentro sigue igual: tranquilo, sin prisa. Se escuchan los cubiertos, las conversaciones bajitas, el equipo moviéndose detrás de la barra abierta. Las mesas son de madera clara, las paredes sin mucho rollo, y la luz entra suave por las ventanas. Todo parece hecho para que lo único que importe sea lo que te llega al plato.

El menú cambia casi todos los días. Un día hay lechón confitado con puré de camote, otro día pulpo asado con verduras de temporada, o pasta fresca con hongos. Depende de lo que esté bueno en el mercado. Los sabores son directos, sin adornos, pero llenos de cuidado. Nada está rebuscado, pero todo está bien pensado: cada bocado sabe a algo hecho con calma.

El servicio es cálido, sin poses. El ambiente es elegante, sí, pero no te hace sentir fuera de lugar. Aquí la gente viene a disfrutar, no a aparentar. Nadie tiene prisa: las mesas se llenan al mediodía y la sobremesa se estira con vino o café, como debe ser.

Máximo es más que un restaurante. Es un reflejo de cómo ha cambiado la forma de comer en la ciudad: más consciente, más de barrio, más real. Y aunque ya es conocido fuera de México, sigue teniendo esa sencillez que lo hace sentir como un secreto entre amigos.

📍 Cómo llegar: Álvaro Obregón 65, colonia Roma Norte. A unos 10 minutos caminando del Metro Insurgentes (Línea 1). Está sobre una banqueta arbolada, en una esquina tranquila donde el ruido baja y todo huele a pan y mantequilla.

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