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En una esquina tranquila de la colonia Del Valle, el calor parece venir no del sol, sino de la cocina. Se llama Santo Habanero, y aunque muchos lo confunden con un local de comida rápida, adentro se esconde una pequeña revolución de sabores caribeños. Las paredes están cubiertas de colores, la música suena a bolero tropical y en cada mesa hay un plato que parece recién salido de una playa. Los tacos de camarón con piña asada son tan jugosos que uno olvida estar en la ciudad; los tragos frutales llegan en vasos escarchados que chispean al contacto con el hielo. El ambiente es relajado, casi familiar, y la comida tiene ese poder de devolver la alegría. Aquí nadie mira el reloj: las conversaciones fluyen y las risas son parte del menú. Santo Habanero nació como un experimento entre amigos y terminó convirtiéndose en un refugio para quienes buscan un rincón cálido dentro del concreto. Es un recordatorio de que el sabor, cuando es honesto, no necesita pasaporte.
