Reír para no rompernos: la risa como forma mexicana de estar en el mundo

Hay gente que piensa que los mexicanos nos reímos de todo porque no nos tomamos nada en serio. Como si hacer chistes en medio del desastre fuera señal de que no entendemos la gravedad de las cosas. Pero es exactamente lo contrario: en México, la risa no es ligereza. Es resistencia. Es una forma de sobrevivir a lo que duele, a lo que nos rebasa y a lo que muchas veces no podemos cambiar.

El humor aparece justo donde perdemos el control. Frente a crisis que se repiten, violencia que no para, trámites kafkianos o promesas que nunca llegan, la risa no niega lo que está pasando: lo hace más llevadero. Hacer un chiste de lo terrible no lo vuelve menos grave, pero sí nos permite seguir parados. El mexicano no se ríe porque no entienda la tragedia; se ríe porque la conoce de memoria.

Además, la burla tiene algo de protesta. Es una forma de decir lo que no siempre se puede decir de frente. El meme, el albur, la ironía… son maneras de criticar cuando el discurso formal no alcanza. Reírse del poder es achicarlo, bajarlo del pedestal, ponerlo a nuestra altura.

Y también hay algo muy comunitario en esa risa. El chiste compartido crea lazos. En la carcajada colectiva se arma un “nosotros”: todos estamos en la misma, todos captamos la referencia, todos sabemos de qué nos estamos riendo. Ahí el humor no es escapismo: es reconocernos en el otro.

Esta costumbre de buscarle lo gracioso a todo no viene de la frivolidad. Viene de una relación larga con el dolor. Desde cómo nos relacionamos con la muerte hasta cómo nombramos las desgracias diarias, la cultura mexicana aprendió a convivir con lo incómodo sin ponerse solemne todo el tiempo. Reír es una forma de no dejar que el peso nos aplaste.

Claro que esta risa tiene su lado oscuro. A veces se parece peligrosamente a la resignación, a normalizar lo que no deberíamos tolerar. Pero incluso ahí la risa es ambigua: puede ser un anestésico temporal o la mecha de la rabia. Muchas veces empieza como broma y termina como grito.

Por eso la risa mexicana no es inocente. Es filosa, oscura, rápida. Aparece en el peor momento y se esfuma igual de rápido. No promete soluciones, pero nos da un respiro, un segundo para respirar, un poco de oxígeno emocional.

Reír en México no es hacerse el ciego ante el caos. Es mirarlo directo a los ojos y decir: aquí seguimos. Y mientras sigamos aquí, le vamos a sacar lo chistoso. No porque no entendamos lo que pasa, sino porque lo entendemos demasiado bien.​​​​​​​​​​​​​​​​

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