La Viga
¿Te sabes todas las estaciones del Metro, al menos las de la línea que utilizas regularmente?
Quizá no muchos podrían recitarlas de memoria, pero hay pasajeros que han hecho tantas veces el mismo recorrido que, con los ojos cerrados, podrían ubicarse en cada estación. Son los que se echan un sueño durante el trayecto, miran el celular o simplemente dejan que el tren avance, seguros de que abrirán los ojos justo donde deben bajar.
Pero hay algo que quizá muchos de ellos nunca se han preguntado: ¿por qué esa estación lleva ese nombre y qué significa?
Porque detrás de cada letrero del Metro hay una historia.
Y basta con detenerse en tres nombres para descubrirlo: La Viga, Tacubaya y Observatorio.
Tres estaciones que hoy forman parte de los recorridos cotidianos, pero que hablan de una ciudad muy distinta a la que vemos desde el vagón.
La Viga: antes de los trenes hubo canales
Pensemos en La Viga.
Hoy llegamos a la estación y encontramos una ciudad de avenidas, comercios y tráfico. Cerca está el mercado de pescados y mariscos que lleva el mismo nombre.
Pero si pudiéramos quitar de golpe el pavimento, los edificios y los automóviles, encontraríamos otra ciudad.
A finales del siglo XIX, buena parte de la zona estaba rodeada de chinampas y comunicada por una red de canales. Uno de los principales era precisamente el antiguo canal de La Viga.
El canal comunicaba con Xochimilco, Chalco y Texcoco y llegaba hasta la zona de La Merced. Por ahí circulaban productos y también paseantes que se dirigían hacia Santa Anita.
Es decir: antes de que por La Viga pasaran automóviles, por ahí pasaba agua.
El paisaje cambió con el crecimiento de la ciudad. En 1903 se ordenó cegar el canal para abrir la vialidad que terminó convirtiéndose en la actual Calzada de La Viga.
El Metro llegó mucho después, pero conservó la memoria de aquel lugar en algo tan sencillo como su nombre.
Y también en su pictograma: dos pescados, una referencia al mercado de la zona.
De los canales al agua de Tacubaya
Ahora hagamos otro recorrido.
Subimos al Metro y nos vamos hacia el poniente, hasta Tacubaya.
El nombre parece cotidiano para cualquier capitalino. Lo hemos escuchado tantas veces que quizá ya no nos detenemos a pensar en él.
Pero Tacubaya también habla de agua.
El propio Metro explica que el nombre significa en náhuatl “lugar donde se junta el agua” y que el origen del asentamiento se remonta hasta el siglo V.
Mucho antes de la estación, mucho antes de los trenes y mucho antes de la ciudad que conocemos, aquel sitio ya tenía una historia propia. Los mexicas llegaron al lugar en el siglo XIII y permanecieron allí antes de regresar a Chapultepec.
Por eso resulta curioso mirar el pictograma de la estación.
No vemos un tren.
Vemos un cántaro.
Un objeto sencillo que conserva, en el lenguaje gráfico del Metro, la memoria de un lugar relacionado con el agua.
Y ahí está una de las cosas interesantes del Metro: muchas veces pasamos frente a un símbolo sin detenernos a preguntarnos qué nos está contando.
Y al final del recorrido, apareció el cielo
Sigamos la Línea 1 hacia el poniente.
Después de Tacubaya viene Observatorio.
El nombre parece obvio. Tan obvio que quizá nunca nos hemos preguntado cuál observatorio era.
La respuesta nos lleva mucho más atrás que el Metro.
En 1867 se fundó el Observatorio Astronómico Nacional. Primero estuvo en la azotea del Palacio Nacional de la Universidad Nacional de México; después fue trasladado al Castillo de Chapultepec y finalmente al Palacio del Arzobispado de Tacubaya.
Ahí, en Tacubaya, fue inaugurado en 1908.
Así que cuando el Metro construyó décadas después una estación llamada Observatorio, no estaba inventando un nombre.
Estaba recogiendo una referencia que ya pertenecía a la ciudad.
Y el pictograma vuelve a contarlo: un observatorio, representado de manera sencilla para que cualquiera pudiera identificarlo.
El viaje cambia cuando conoces los nombres
La próxima vez que estés dentro del Metro y aparezca el letrero de tu estación, quizá valga la pena mirarlo de otra manera.
Porque La Viga no es solamente una estación de la Línea 8: debajo de ese nombre está la memoria de los canales y de una ciudad que todavía viajaba sobre el agua.
Tacubaya no es solamente una correspondencia entre líneas: su nombre conserva la memoria de un lugar asociado al agua desde hace siglos.
Y Observatorio no es solamente el final de un recorrido de la Línea 1: su nombre recuerda el lugar desde donde la ciudad levantó la mirada hacia el cielo.
Tres estaciones.
Tres nombres.
Tres historias que siguen ahí, aunque muchas veces pasemos frente a ellas sin verlas.
Porque el Metro no solamente nos lleva de un punto a otro.
También lleva consigo los nombres de la ciudad que existió antes que nosotros.
Metro: la historia que llevamos bajo los pies.
