Dr. y L.C.P. y F. Sergio Alberto Morales Zaldívar
Dr. y L.C.P. y F. Sergio Alberto Morales Zaldívar, integrante de la comisión técnica Sector Empresarial del Colegio de la Contaduría Pública de México
Para inicios de agosto de 2026, un Cete a 364 días se colocó en 7.01%, con la inflación general en 3.1% en la primera quincena de julio ─el nivel más bajo en más de seis años─. Un ahorrador mexicano obtiene alrededor de cuatro puntos de rendimiento real en el instrumento más simple y líquido del mercado local, una condición poco frecuente y que pocos países ofrecen.
En el mismo mes de julio, el Inegi reportaba que la inversión fija bruta acumulaba 19 meses consecutivos de caídas anuales, uno de los periodos de contracción económica más prolongados de las últimas cuatro décadas. La inversión fija bruta es, dicho sin tecnicismos, el dinero que empresas y gobierno destinan a construir naves, comprar maquinaria y ampliar capacidad, es decir, es el gasto del que salen los empleos formales del año que viene.
Podría parecer una contradicción, dos indicadores del mismo país en el mismo mes apuntando a direcciones completamente opuestas y que comprender por qué es tarea pendiente de cualquier individuo que desee crear patrimonio y proteger su siguiente quincena.
El contexto de la “contradicción”
En términos simples la estabilidad del país es real, Banxico mantuvo su tasa de referencia en 6.5% por decisión unánime y por segunda ocasión consecutiva; el peso cotiza alrededor de 17.14 unidades por dólar, cerca de 8% más fuerte que un año antes, y el S&P BMV cerró 2025 con un rendimiento nominal cercano al 29.9% que provocó máximos históricos a inicios del año actual, lo que se traduce en que un peso fuerte abarata lo importado, los viajes y las compras en dólares; y encoge, en pesos, cada dólar que llega del extranjero a un hogar que vive de remesas.
Es importante aclarar que, aunque la mayoría de las personas no tiene acciones directamente, casi todo trabajador formal tiene exposición a la bolsa a través de su Afore, por lo que las implicaciones son de interés común.
Por otro lado, la economía real nos dice todo lo contrario, donde diversas instituciones financieras proyectan un cierre de año con una contracción del 2% que desencadenaría en dos ejercicios consecutivos a la baja, fenómeno no visto desde 2019-2020.
La economía se contrajo en el primer trimestre y se reactivó en el segundo, según el propio Banxico, que anticipa condiciones de holgura y riesgos a la baja para la actividad y de fondo está la variable comercial en la que Estados Unidos mantiene un arancel de 10% que alcanza a cerca de 15% de las exportaciones mexicanas, más 50% al acero y aluminio y 25% a automóviles ensamblados en México, con la revisión del T-MEC en curso.
En términos simples para todos
Cuatro puntos de rendimiento real anual significan que, después de descontar la inflación, su dinero compra más el año que viene que hoy, un factor raramente visto y que la brecha más grande no está entre instrumentos sofisticados, sino entre hacer algo y no hacer nada.
El dinero parado en una cuenta de nómina que no paga intereses pierde poder de compra al ritmo de la inflación; el mismo dinero en un Cete a plazo lo gana a razón de cuatro puntos; sobre 100 mil pesos, la diferencia entre ambas decisiones ronda los siete mil pesos en un año, por lo que no es una jugada de especialista sino la diferencia entre mover el dinero y dejarlo quieto.
La misma tasa de 6.50% que hace atractivo el ahorro encarece el crédito, tarjetas, préstamos personales, crédito automotriz y créditos hipotecarios a tasa variable se fondean, directa o indirectamente, en ese piso.
En un entorno así, la pregunta financiera que sería más rentable y lógica de un hogar rara vez sería ¿dónde invertir?, pero desafortunadamente, no siempre ocurre así.
Al contrario, liquidar una deuda cara equivale a obtener, libre de impuestos y sin riesgo, un rendimiento igual a la tasa que se deja de pagar, algo con lo que ninguna inversión conservadora disponible en el mercado compite. El orden de prioridades que se desprende es incómodo pero difícil de discutir: primero la deuda de tasa alta, después el fondo de emergencia, y sólo entonces la ventana de rendimiento real.
Además, diecinueve meses de caída en la inversión no se sienten hoy en el bolsillo, se sienten después. Menos maquinaria comprada y menos naves construidas significan menos vacantes formales el año entrante, menos presión al alza sobre los salarios y más gente empujada hacia la informalidad, donde no hay prestaciones, no hay Afore y no hay estabilidad de ingreso.
Aquí aparece el problema que la mayoría de los hogares no está midiendo ni viendo: la concentración. Por ejemplo, un trabajador de una planta automotriz tiene su empleo, su antigüedad, su Infonavit y su ahorro, atados a la misma variable ─la relación comercial con Estados Unidos y el ciclo de inversión en México─. Un arancel adicional o un desenlace adverso en la revisión del T-MEC no golpea un activo: golpea el salario, el valor de la casa y las perspectivas de recolocación al mismo tiempo, por lo que la diversificación relevante para una persona no se mide sólo entre instrumentos, sino contra su fuente de ingreso.
De ahí se desprenden preguntas concretas para el balance de cualquier hogar:
¿Qué parte del patrimonio depende del mismo factor de riesgo que el salario o el negocio cotidiano?
¿Qué tan expuesto está el sector en el que se encuentra a la revisión del T-MEC y a los aranceles vigentes?
Si se perdiera el ingreso mañana, ¿cuántos meses están cubiertos con la liquidez actual?
Cuando el rendimiento real de la renta fija se comprima —el consenso de casas de análisis ubica la tasa sin cambios durante 2026, pero no después—, ¿qué ocupará ese lugar?
Nota importante: Los rendimientos reales del ahorro mexicano están en su mejor momento en años, mientras la inversión productiva encadena su segundo ejercicio de caída. Para un hogar, eso no es una contradicción abstracta: es una oportunidad concreta en la cuenta de ahorro y un riesgo concreto en la fuente de ingreso.
Lo que casi nadie mira: la Afore y las remesas
El contraste con 2025 importa: ese año México recibió 62,471.7 millones de dólares, 4.6 % menos que en 2024 y la primera caída en once años, además las remesas equivalen a cerca de 4% del PIB y sostienen el consumo de una parte sustancial del mercado interno, en otras palabras, sostienen también las ventas —y por lo tanto los empleos— de miles de negocios que no reciben un solo dólar del extranjero.
Por otro lado, la CONSAR autorizó para 2026 una comisión promedio de 0.538% sobre saldo y reporta un rendimiento histórico del sistema de 5.02% real anual; en otros términos, es el vehículo de inversión más barato al que tiene acceso la mayoría de los trabajadores mexicanos, y el que menos atención recibe.
Con un rendimiento real de 5% anual sostenido durante décadas hace un trabajo que ninguna decisión táctica de corto plazo iguala; sin embargo, para la mayoría el contacto con esa cuenta se limita a un estado de cuenta que no se abre.
Tres acciones sin costo cambian el resultado por completo: revisar en qué Afore está y qué comisión y rendimiento neto le corresponden, unificar cuentas duplicadas si se trabaja en varias empresas, y considerar el ahorro voluntario, que se deposita en el mismo vehículo barato y es deducible dentro de los límites de ley.
También es una de las respuestas a por qué la bolsa en máximos importa incluso a quien nunca compró una acción: buena parte de la exposición del sistema de pensiones a renta variable está ahí.
Para una persona, eso implica dos cautelas: la primera consiste en no leer los máximos como evidencia de que la economía que le paga el sueldo está bien y la segunda, no perseguir un rendimiento de 29.9% que ya ocurrió: entrar tarde a un activo que subió mucho es la forma más común de convertir una buena noticia ajena en una pérdida propia.
Como conclusión, la lectura cómoda de 2026 es que México paga rendimientos atractivos, con estabilidad cambiaria y una bolsa en máximos y la lectura completa agrega que ese entorno convive con una economía que no está ampliando su capacidad de producir, y que la fuente del ingreso de la mayoría de los hogares depende justamente de esa capacidad.
Un ahorro bien administrado puede aprovechar la primera condición, pero ninguno está a salvo de la segunda; la pregunta clave y útil no es cuánto rinde el dinero este año, sino qué queda de ese rendimiento cuando lo que lo genera —el empleo, el negocio, el país— se debilita al mismo tiempo.
La recomendación práctica cabe en tres puntos: quitarse la deuda cara, alargar el colchón antes que el plazo, y capturar la ventana con el dinero que de verdad pueda dejar quieto o invertido.
