En el laberinto de túneles del Metro, hay estaciones que son puro tránsito y otras que, sin quererlo, terminan siendo algo más. Chabacano es de estas últimas. Sí, es uno de los cruces más pesados de toda la red —ahí se juntan la 2, la 8 y la 9—, pero también es un lugar donde pasan cosas que casi nadie nota: donde el arte, el movimiento y la vida de la ciudad se tropiezan sin avisar.
Chabacano es puro flujo. Gente que va, que viene, que cambia de línea corriendo. Decisiones que se toman en un segundo: “¿me bajo aquí o sigo?”. Y en medio de todo ese torbellino, hay un mural que casi nadie voltea a ver: Civilización y Cultura, del artista portugués José de Guimarães. Es de cerámica, está ahí desde hace años, y acompaña callado a miles de personas todos los días. No grita, no exige nada. Pero algo dice.
El mural mezcla símbolos de todas partes: la tierra, el agua, lo humano, culturas antiguas, formas que no terminan de explicarse. No te cuenta una historia de principio a fin; te ofrece pedazos, como la misma estación. En Chabacano nadie se queda: todos vamos de paso. Así que el arte tampoco se queda quieto esperando que lo mires con calma. Simplemente lo atraviesas.
Y justo ahí está lo interesante. En una estación donde todos van con prisa, donde te empujan y te apuras, el mural funciona como un recordatorio discreto: hasta en los lugares más caóticos hay algo que nos conecta. Chabacano no es “linda” como otras estaciones; es más bien honesta. Te muestra la ciudad tal cual: amontonada, diversa, llena de contrastes, siempre cambiando.
Además, ser transbordo la vuelve una especie de metáfora de la ciudad misma. Chabacano es donde las rutas se cruzan, donde millones de historias se rozan sin conocerse. Donde la ciudad se arma y se desarma todos los días. El arte que vive ahí no busca tranquilidad ni silencio: convive con el caos.
Chabacano nos recuerda que el Metro no solo mueve personas de un punto a otro. También conecta capas enteras de cultura. Ahí abajo, entre empujones y voces grabadas que anuncian la siguiente estación, el arte sigue presente, haciendo lo suyo sin tanto ruido: recordarle a la ciudad que tiene memoria, aunque no siempre se detenga a verla.
