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Si caminas por Bucareli, entre cafés nuevos y edificios antiguos, hay una escalera que baja a un sótano con olor a mantequilla y vainilla.

Ahí vive Alay Alay, una repostería tan discreta como adictiva, donde cada postre se siente hecho con devoción.

El espacio es pequeño, con lámparas bajas, mesas de madera clara y un mostrador que parece una joyería de azúcar.

Su creador, un chef joven que trabajó en restaurantes europeos, decidió abrir este lugar para reconectar con lo simple: masa, fruta, fuego.

Las tartas cambian cada semana —limón, pera, higo, frambuesa— y los croissants son tan delicados que se deshacen al tocarlos.

Hay café, té y vino, pero también silencio. Ese tipo de silencio dulce que solo se encuentra en los lugares pequeños donde nadie pretende nada.

📍Bucareli 46, Col. Juárez.

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