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En la colonia Juárez, donde los edificios de oficinas conviven con casonas restauradas, se escondeAlameda Café, un lugar que parece construido para quienes necesitan detenerse un momento antes de volver a empezar. Desde afuera no promete mucho: una fachada sencilla, apenas una ventana con plantas colgantes. Pero al entrar, la ciudad se transforma. El espacio está lleno de luz natural, con muebles de madera clara y el murmullo constante del molino de café al fondo. En cada mesa hay alguien escribiendo, leyendo o simplemente mirando por la ventana como si el tiempo pasara más lento ahí dentro. El menú es corto, pero cada detalle cuenta: el pan de masa madre aún tibio, los capuchinos con espuma cremosa, los huevos servidos con mantequilla dorada y sal en escamas. Alameda no busca impresionar, sino acompañar. Es uno de esos lugares que se descubren por casualidad y se vuelven rutina, donde los rostros se repiten sin conocerse y las mañanas tienen olor a tostado y calma. En medio del ruido de Reforma, Alameda es ese silencio que sabe a hogar.

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