Falta menos de tres meses para el inicio del Mundial y la Ciudad de México ya se siente distinta. No es solo la cuenta regresiva en los anuncios espectaculares ni la remodelación del Azteca: es algo más sutil pero igual de real, una energía que se nota en la ropa, en los planes del fin de semana, en las conversaciones. La moda mexicana, que desde hace años venía ganando terreno propio, encontró en este verano mundialista el mejor escenario posible para mostrar que tiene algo que decir más allá de copiar tendencias externas.
Los colores que dominan la temporada en tiendas y en las calles hablan de identidad: el verde bandera se mezcla con terracota, barro y ocre, tonos que remiten a los paisajes y la artesanía del país sin caer en el folclorismo fácil. Los diseñadores mexicanos de talla media, ese sector que ha crecido notablemente en la última década gracias al comercio electrónico y las redes sociales, están apostando por prendas que puedan funcionar tanto en el estadio como en la calle, combinando practicidad con un punto de vista estético que se siente genuinamente local. El resultado es una temporada de moda más rica y más honesta que las anteriores.
El Mundial, paradójicamente, podría ser el mejor aliado que ha tenido la moda mexicana en mucho tiempo. Con millones de turistas a punto de llegar al país y los ojos del mundo puestos en México, lo que la gente lleve puesto va a ser parte del relato. Y si hay algo que México sabe hacer bien, es contar su historia a través del color.
