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En una calle tranquila de Anzures, hay una puerta de vidrio con letras pequeñas que dicen “totte para todos”. No hace falta un gran letrero para notarlo: basta con el aroma a espresso recién hecho que se cuela hasta la banqueta. Adentro, el mundo cambia de ritmo. La música es baja, las conversaciones se mezclan con el sonido del molino y el barista que sonríe sin apuro mientras deja caer el agua caliente sobre el café recién molido.
El espacio parece detenido en otro tiempo. Madera clara, ventanales que dejan pasar la luz del mediodía y una barra donde los clientes se sientan sin prisa, como si la ciudad entera esperara afuera. Aquí la vida se desacelera. La gente se mira a los ojos, escribe, dibuja o simplemente observa. Cada mesa tiene su propio momento: una pareja que se ríe bajito, un chico leyendo, alguien revisando una libreta vieja. Todo parece hecho para respirar un poco más lento.
Y aunque el lugar es pequeño, tiene algo inmenso: esa sensación de estar exactamente donde tienes que estar. Afuera, el ruido del tráfico; adentro, el silencio que solo interrumpe la espuma del café al romperse en la taza.
📍 Dante, Anzures
@totte_mx
