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Entre edificios antiguos y calles tranquilas, Cardinal Casa de Café se levanta como un suspiro tostado en medio de la rutina. No tiene letrero grande ni terraza con pretensiones, pero el aroma basta para guiar a cualquiera hasta su puerta. Adentro, las mesas de madera guardan la conversación de vecinos, escritores y estudiantes que se refugian del ruido con una taza en la mano. Aquí el café se toma en serio: se tuesta, se prueba, se respeta. Los baristas preparan cada bebida con la concentración de un ritual, y los clientes esperan pacientemente, como si supieran que ese minuto extra lo vale. Afuera pasa la vida de la colonia; adentro, el tiempo se vuelve líquido, oscuro y fragante. El sonido de la máquina, el murmullo de las charlas y el golpeteo de cucharitas crean una música discreta. En Cardinal no hay prisa, solo una certeza: que el café puede ser un lenguaje en sí mismo, una forma de decir “aquí estoy” en medio del caos.

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