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En la Roma Norte, donde las fachadas esconden mundos detrás de portones de madera, Meroma se alza como un secreto que pocos conocen y todos recuerdan. No hay grandes anuncios ni filas interminables, solo una entrada discreta que lleva a un comedor bañado por la luz que entra desde un tragaluz. El ambiente es tranquilo, casi doméstico, y el menú cambia con las estaciones. Aquí los chefs cocinan con la paciencia de quien conoce los ciclos de la tierra. Los vegetales llegan directamente de pequeños productores, el pescado se sirve fresco y los postres parecen diseñados por artistas obsesionados con la textura. Pero más allá de la técnica, hay una emoción que atraviesa cada plato: una mezcla de nostalgia y modernidad. Comer aquí se siente como conversar con alguien que habla despacio pero dice mucho. Afuera, la Roma vibra con el ruido de bares y cafeterías, pero adentro de Meroma todo se vuelve introspectivo. Es uno de esos lugares que no necesitan gritar para ser recordados; basta probar el pan caliente con mantequilla salada para entender que lo esencial nunca hace ruido.

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