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Entre vitrinas de relojes antiguos y librerías viejas de la calle Isabel la Católica, hay un aroma que no pertenece del todo a la Ciudad de México. Es el achiote. Viene desde Coox Hanal, un pequeño restaurante que lleva más de veinte años sirviendo cocina yucateca en pleno corazón del Centro Histórico. Desde fuera parece una fonda más, pero adentro el tiempo se detiene. Los ventiladores giran despacio, el suelo es de mosaico y en las mesas hay botellas de salsa habanera que brillan como fuego líquido. La cochinita pibil llega envuelta en hoja de plátano y la primera mordida es una explosión que lo dice todo: este lugar no finge autenticidad, la respira. Los dueños, originarios de Mérida, preparan los guisos igual que en casa, y se nota. El recado rojo mancha los dedos, la cebolla morada cruje y el panucho sabe a infancia. Comer aquí es viajar sin moverse, es recordar que México cabe en un plato de barro y que las verdaderas joyas gastronómicas son las que no presumen, las que se descubren por accidente y se recuerdan toda la vida.
