Hablar de Frankenstein es hablar de uno de los mitos fundacionales de la modernidad, el miedo a lo distinto, la culpa de la creación y la soledad como castigo. Pero cuando este relato pasa por la mirada de Guillermo del Toro, deja de ser únicamente una historia de horror para convertirse en una reflexión profundamente humana. Más que monstruos, Del Toro nos ha enseñado a ver heridas; más que villanos, criaturas abandonadas.
La versión de Frankenstein que propone el cineasta mexicano no se limita a reinterpretar el clásico de Mary Shelley, sino que dialoga con él desde una sensibilidad contemporánea. En su filmografía, Del Toro ha insistido una y otra vez en una idea clave, el verdadero monstruo rara vez es aquel que parece diferente, sino quien carece de empatía. En ese sentido, Frankenstein encaja de manera natural en su universo narrativo, donde lo grotesco convive con la ternura y lo fantástico se vuelve un vehículo para hablar de lo humano.
El mensaje que atraviesa la película resulta poderoso y vigente, la necesidad del perdón, no solo hacia los otros, sino hacia uno mismo. La criatura de Frankenstein no nace malvada; es el rechazo, el abandono y el miedo social lo que la empuja hacia la violencia. Del Toro no justifica el daño, pero sí nos obliga a preguntarnos qué papel juega la indiferencia colectiva en la creación de aquello que luego llamamos “monstruoso”.
Esta lectura resuena especialmente en un mundo marcado por la exclusión, donde lo distinto sigue siendo marginado. La película funciona así como una crítica silenciosa a la falta de empatía contemporánea: a la rapidez con la que juzgamos, a la facilidad con la que deshumanizamos al otro. Frankenstein, en manos de Del Toro, deja de ser una advertencia sobre la ciencia descontrolada y se convierte en una parábola sobre la responsabilidad afectiva.
Desde lo estético, el director refuerza esta idea a través de una atmósfera melancólica, donde la oscuridad no es solo visual, sino emocional. La belleza de lo imperfecto, un tema constante en su obra, se manifiesta en la criatura, que no pide ser temida, sino comprendida. El perdón, entonces, aparece como un acto revolucionario.
perdonar al otro por existir, y perdonarnos por no haber sabido amar mejor.
Frankenstein no es solo una película bien lograda; es una invitación incómoda pero necesaria a mirar de frente nuestras propias carencias éticas. Guillermo del Toro nos recuerda que el horror más grande no vive en los cuerpos deformes, sino en la ausencia de compasión. Y quizá, en ese recordatorio, radica la verdadera relevancia de su obra.
