Carlos Monsiváis y el Metro: la crónica de una ciudad que no tiene más remedio que convivir
Carlos Monsiváis nunca le dedicó un libro entero al Metro. Y la verdad, no hacía falta. El Metro está por todos lados en lo que escribió, porque para él era obvio: no puedes entender la Ciudad de México sin ese mundo subterráneo donde todo se mezcla y nadie puede esconderse.
Para Monsiváis, el Metro era como una democracia a la fuerza: cuando se cierran las puertas del vagón, se acabaron los privilegios. Ahí todos viajan igual, pegados unos contra otros, compartiendo el calor, las prisas y el mismo destino por unos minutos. El tipo de traje pierde toda su solemnidad al lado del albañil; la señora que va rezando termina junto al estudiante desvelado; el vendedor ambulante rompe el silencio con su rollo ensayado mil veces. No hay jerarquías que valgan, solo cuerpos compartiendo el mismo espacio.
Y justo ese choque constante es lo que hace del Metro un lugar tan monsivaisiano. Ahí se encuentra lo político con lo ridículo, lo popular con lo trágico, la pequeña épica del día a día con el absurdo de todos los días. El Metro no es un espacio neutral: es donde se ponen en evidencia las tensiones sociales, donde aparece el humor sin querer, donde pasan tragedias que nadie conoce y donde surgen gestos solidarios que duran lo que dura el viaje.
Monsiváis captó algo clave: la cultura no vive solo en los grandes discursos, sino en lo que hacemos todos los días hasta que se vuelve costumbre. El pregón del vendedor, el empujón sin querer, la mirada que evita el contacto, el silencio que todos respetan: todo eso arma una historia urbana más real que cualquier número o estadística. El Metro, visto así, es una crónica que se escribe sola, en movimiento.
Por eso, cuando alguien intenta hablar del Metro como algo más que tubos y estaciones, termina llegando a Monsiváis. Su manera de ver las cosas es la base para entender el sistema de transporte como ciudad viva, como un espacio donde ensayamos formas de convivir, de resistir y de sobrevivir el día a día. No como algo ideal, sino como la realidad que compartimos.
El Metro, desde la mirada de Monsiváis, no te ofrece igualdad: te la impone durante unos minutos. Y ahí está su fuerza cultural. Porque si la ciudad es un texto que nunca termina, el Metro es uno de sus pasajes más sinceros.


