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Subir a Palmares es un acto de fe: una puerta pequeña, un elevador sin letrero, y de pronto, la vista.

Arriba, la ciudad se abre como una pintura viva.

El lugar mezcla vegetación exuberante, muebles de madera clara y un aire relajado que parece más propio de Tulum que del corazón de la Roma.

Aquí, el tiempo corre distinto. Los meseros caminan sin prisa, los cócteles llegan con hielo tallado a mano, y los platos se sirven como si fueran parte de la conversación: tostadas de atún con ajonjolí, tacos de camarón en tempura, ensaladas con flores comestibles.

Hay un momento, justo al atardecer, cuando la luz se vuelve dorada y todo parece en pausa. Los sonidos bajan, el viento se cuela entre las hojas, y sientes que encontraste un rincón secreto aunque esté en pleno centro.

📍Durango 216, Roma Norte, CDMX.

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