Cuando dijeron que Bad Bunny iba a ser la estrella del medio tiempo del próximo Super Bowl, fue mucho más que una simple noticia de música. Fue un momento cultural. No estamos hablando solo de “un artista latino más” en un escenario grande. Es la prueba de que algo cambió de verdad en cómo funciona el entretenimiento a nivel mundial.
El show de medio tiempo del Super Bowl es de esos eventos que todo el mundo ve. Más de 100 millones de personas solo en Estados Unidos, y si sumas las transmisiones internacionales y las redes, la cifra se dispara. Elegir a Bad Bunny no fue solo porque “está de moda” —aunque sí lo está—. Es porque su impacto cultural es innegable. En los últimos años ha dominado el streaming mundial, llenado estadios y, básicamente, hizo que el español sonara en todas partes como nunca antes.
Pero hay algo más profundo aquí. Bad Bunny no es una versión “suavizada” de lo latino pensada para que el público estadounidense se sienta cómodo. Él no cambia quién es. Su estilo, su forma de hablar, su música: todo sigue siendo auténtico, con referencias al género urbano, a la realidad social, a la política, a la calle. Por eso este show no es solo un espectáculo bonito. Es una declaración.
Como pasó con otros medio tiempos que quedaron en la historia, el impacto de este no se va a medir solo en cuánta gente lo vio. Se va a medir en lo que genere: los memes, las conversaciones sobre representación, lo que diga con su vestuario, con su mensaje, con su actitud. El Super Bowl vuelve a confirmar algo: el entretenimiento ya no puede separarse de lo que significa culturalmente. Y hoy, parte de ese significado está escrito en español.
