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Entre las calles donde los pasos de oficinistas se mezclan con el eco de los pregoneros, hay una puerta que muchos pasan sin mirar. No tiene letrero llamativo ni luces que la delaten, solo el número Candelilla 16 grabado en una placa discreta. Al cruzar el umbral, la ciudad parece quedar atrás. El ruido del tráfico se apaga y aparece una sala cálida, de luces tenues y paredes cubiertas de arte local. El aire huele a maíz, a mantequilla dorada y a algo que recuerda al hogar. Aquí la comida mexicana se cuenta como si fuera poesía: los platillos llegan a la mesa con una historia detrás, como el mole servido con tortillas recién infladas o los chiles rellenos que se derriten al primer corte. Todo se siente cercano, íntimo, incluso en el corazón del caos capitalino. Los comensales hablan en voz baja, el vino corre lento y los meseros se mueven con una precisión casi coreográfica. Candelilla 16 no busca ser tendencia: busca permanecer. Es uno de esos lugares donde uno entiende que la verdadera sofisticación no está en el lujo, sino en la calma con la que se cocina.
