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En Coyoacán el tiempo tiene otro peso, y Café Avellaneda lo entiende perfectamente. Caminas entre calles empedradas, casas color terracota y bugambilias hasta llegar a una pequeña puerta que siempre huele a café tostado. No hay pretensión, ni decoración exagerada: apenas unas cuantas mesas, una barra de madera y una pizarra escrita a mano que anuncia el origen del grano del día.

La magia de Avellaneda está en su sencillez. La luz entra como si conociera el camino exacto hacia las tazas; el sonido del vapor al preparar un capuchino se mezcla con el murmullo de las conversaciones. Aquí nadie parece tener prisa. Algunos llegan con un libro, otros solo para observar pasar la tarde. Y cuando pruebas el café —intenso, suave, con notas que cambian mientras se enfría— entiendes que el encanto de este lugar no se fotografía, se vive.

Hay una calidez que no se explica: tal vez sea la madera gastada, el saludo amable del barista o la nostalgia que da ver el barrio desde esa ventana. Café Avellaneda no es un lugar para tomarse una foto y salir; es para quedarte hasta que el sol se apague detrás de los árboles.

📍 Higuera 40A, Coyoacán

@cafeavellaneda

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