La lectura es la única manera de que los textos existan: William Marx
Bajo el título El Collège de France en El Colegio Nacional, la cátedra fue presentada por el colegiado Christopher Domínguez Michael.
Leer tiene una gran dificultad: leer nunca ha sido fácil. Sin embargo, la lectura es necesaria e indispensable, “es la única manera de que los textos existan”, aseguró William Marx, integrante de El Colegio de Francia.
Al dictar la conferencia “Comment sauver les textes? (¿Cómo salvar los textos?)”, en reciprocidad por una sesión impartida por el miembro de El Colegio Nacional, Christopher Domínguez Michael, en la institución francesa, el catedrático de literatura comparada advirtió que los textos, en el proceso de la lectura, están en gran peligro.
“Tengo la impresión de que la literatura, la lectura misma y todo lo que implica, a saber el tiempo, la parsimonia, la atención, la concentración, el gusto de la complejidad y la dificultad, la apertura a la alteridad, la posibilidad misma de la abstracción reflexiva… todo eso está desapareciendo, no progresivamente, sino a una velocidad que se acelera de manera exponencial”, enfatizó William Marx en la sesión, acontecida en el Aula Mayor de la institución.
Sin embargo, está consciente de que no se trata de una evolución totalmente nueva, porque muchos pensadores, desde los años 30 del siglo pasado, se preocuparon por el crecimiento de nuevas tecnologías y de nuevos medios, el cine y la radio, especialmente por su probable impacto en la vida de sus ciudadanos y, en particular, en el detrimento del esfuerzo intelectual.
“Puedo citar a George Orwell, Georges Duhamel o Martin Heidegger, pero me concentraré en Paul Valéry y un texto de 1935, que se podría decir, tristemente profético: ‘La interrupción, la incoherencia, la sorpresa son las condiciones ordinarias de nuestra vida; han sido, incluso, necesidades de muchos individuos, cuyo espíritu no se alimenta más que de variaciones bruscas y de una excitación siempre renovada. Los vocablos «sensacional» e «impresionante», de uso corriente en nuestros días, son términos que retratan una época’”.
Paul Valéry mostraba una gran inquietud y, pese a ello, el estado en el que estaba su época es mucho menos inquietante que hoy. “Y no hablo aquí de política, más allá de que en 2026 también tengamos a nuestros Stalin, nuestros Mussolini, incluso, nuestros Hitler”, porque los años durante los cuales Valéry hizo esa observación alarmante podrían parecer ahora, por simple comparación “como una edad de oro de la literatura”.
“En la actualidad, el gusto por la lectura se desvanece con una celeridad que supera las previsiones más pesimistas. La totalidad de las investigaciones sociológicas lo demuestran de forma inequívoca en el plano global, de manera acentuada en las naciones más desarrolladas, aquellas donde la alfabetización roza el umbral del cien por ciento: la lectura ha quedado relegada a ser el patrimonio exclusivo de las generaciones de mayor edad”.
Los más jóvenes, reconoció, pasan horas en pantallas y en las redes sociales, ¿dónde encontrarían el tiempo de leer? El comercio del libro se ralentiza paulatinamente, las librerías cierran, los últimos resultados de la investigación internacional PISA, en el nivel de los estudiantes de todo el mundo, son asombrosos. En todos los países, incluso en los que la educación es la más importante, como en Singapur, en Asia oriental y en los países escandinavos, “el desinterés de los alumnos en lo tocante a las competencias lectoras y a la comprensión de textos es de una brutalidad incontestable”.
“Lo paradójico es que, en el mismo momento en el que los humanos pierden poco a poco la capacidad de leer y de escribir, las máquinas las adquieren y lo hacen de una manera menos mundana e imponente”, destacó William Marx.
Las nuevas herramientas tecnológicas
Durante la sesión titulada “Comment sauver les textes? (¿Cómo salvar los textos?)”, William Marx también alertó acerca de las inteligencias artificiales generativas, las cuales se encuentran basadas en modelos lingüísticos que se vuelven capaces de escribir libros, razonar y reflexionar.
De hecho, varios de sus creadores manifiestan hoy su zozobra por haber tramado un monstruo de Frankenstein apto, en un horizonte sumamente próximo, para arrogarse el poder, suplantar a la humanidad o, en el peor de los escenarios, aniquilarla. Esta trama propia de la ciencia ficción, si es que cabe rescatar un cariz optimista, constituye en muchos aspectos un tributo implícito a las facultades de la literatura y de la ficción.
“No se trata sumarse de al coro que lamenta la crisis de la lectura. Me gustaría preguntar otro tema de mayor calado: ¿Qué significa leer bien? Y ¿Qué obligación tenemos con el texto que leemos?, sobre todo cuando no se disfruta, cuando nos choca o cuando nos resultan ajenos”.
A su parecer, los textos se han convertido aún más difíciles de leer hoy en día, porque se piensa que no corresponden a nuestras exigencias morales y sociales. Si bien la sospecha, la condenación moral y social de la literatura data al menos de Platón y se ha seguido durante siglos.
Una parte de la crítica ha coadyuvado a desplazar la atención desde la arquitectura formal de los textos hacia su alcance social, político y moral. Estados Unidos ha jugado un papel mayor en este movimiento de remoralización de la literatura.
“Negar a la literatura la facultad de escandalizar, de provocar o de infundir desasosiego equivale a imponerle la carga —perpetuamente redefinible— de no ofrecer a los lectores sino aquello que estos aguardan, aquello que pueden refrendar, aprehender y asimilar. Significa clausurar la potencia de la lectura como experiencia de confrontación con la alteridad. Es exigir de la creación literaria la mera postulación de lo idéntico; es decir, un espejo donde el lector pueda identificarse de modo absoluto y ciego, prescindiendo del ejercicio de su capacidad crítica y hermenéutica. Es, en última instancia, constreñir al lector a una condición de eterna minoría de edad”.
Entre las preguntas que se planteó el catedrático francés para intentar explicar lo que sucede en la actualidad, fueron: ¿Qué es lo que su autor quiso decir en su tiempo y en la época en la que escribió su obra? ¿Cuál fue el mensaje inicial del texto en la sociedad en la que fue producido?
Desde su perspectiva, esta aproximación histórica permite desvelar los presupuestos del texto y las expectativas a las que tuvo que enfrentarse: nos invita a profundizar nuestro conocimiento de la diversidad humana, pero no de una humanidad exterior.
“Es nuestra propia forma de ser humano, nuestra propia experiencia de la humanidad que aprendemos a ampliar y a diversificar; aprendemos que podemos ser diversos y la cuestión histórica abre a una segunda pregunta que posee toda la lectura:
“¿Qué significa este texto para nosotros hoy? ¿Qué nos dice? ¿Qué lecciones y beneficios podemos obtener? ¿Cuál es el valor que le da? Esta batería de temas es en realidad la más importante, porque es la que anima a cualquier persona que abre un libro –a menos de ser historiador o de tener una curiosidad de tipo documental– a encontrar un mensaje o un efecto que nos concierne directamente”.
Hay una responsabilidad inmensa del lector frente a una obra, porque no es como si todas las significaciones de una lectura ya estuvieran ahí, preexistentes: la lectura las revela, pero también revela lo que hacen las cualidades del lector y su capacidad de valorar las riquezas inesperadas, incluso para su autor.
Michel de Montaigne, evocó William Marx, estaba seguro de que un artista no puede ser el maestro de todo lo que hay en su obra: “la obra contiene mucho más que todo lo que el autor ha querido poner ahí y es el lector quien lo revela”.
Clasificar los sentimientos, enfatizó, que las obras indexan en nuestro interior y ponderar de forma aislada la dimensión sensible y formal constituye la tarea medular que debe ser impartida en la escuela y la universidad. Aun cuando nuestra época no se muestra propensa a conceder a la potencia formal de las obras un sitial preponderante en la valoración literaria, hoy por hoy hegemonizada por el escrutinio moral y político.
“No obstante, dado que en la historia de las letras todo opera mediante ciclos, resulta perentorio preservar, aun en el presente, una conciencia mínima respecto a la existencia de una esfera estética digna de atención, en la expectativa de un necesario retorno del péndulo. Todo aquello que permanece oculto, incluido el porvenir, imaginémoslo mejor”.
“Sobreviviremos”
Para Chistopher Domínguez Michael, integrante de El Colegio Nacional, no es indiferente el lugar donde nacemos: William Marx nació en 1966, muy cerca del antiguo palacio Papal de Aviñón y muy cerca del refugio bucólico “donde Petrarca escribía y soñaba”.
“Él se siente el último mohicano, no lo es exactamente, pero nuestra tribu de lectores morosos, detallistas, amantes del silencio, usuario del lápiz para subrayar como complemento indispensable de la lectura, al grado de que George Steiner ‘identifica ese utensilio como lo que define a un intelectual’, no sólo se siente todo esto, sino está en acelerado proceso de extinción como nunca antes en la historia.”
Si ya las redes sociales distraían ofensivamente la atención de quienes estaban llamados a ser lectores, incluyendo la de quienes somos y seguimos siendo lectores de tiempo completo y afligidos maestros de lectura –como críticos, filólogos o sencillamente profesores–, “ante todo este desastre la aparición de la inteligencia artificial autogenerativa parece el último clavo sobre nuestro ataúd”.
“No sólo está en riesgo el tipo de lectura iniciado, para no irnos hasta la antigüedad temprana, –cuando San Ambrosio, Obispo de Milán, descubrió Agustín de Hipona leyendo en silencio–, sino el libro mismo, el conjunto de páginas y palabras que el profesor y ensayista francés llaman los textos y a cuya salvación nos invita, están en peligro”.
Estamos ante una ofensiva sistémica que no proviene en los demonios ideológicos, sino de una transmutación tecnológica en el orden ético y la jerarquía epistemológica en los haberes, lo cual nos lleva –ha escrito Marx– a decir que Platón cumplió con su propósito y más aún, junto con los poetas, fueron expulsados de la República, los libros y casi todos los rectores.
Los primeros han perdido el prestigio social que gozaban de nuestra infancia y adolescencia y las condiciones necesarias para leer creativa y rigurosamente “se han vuelto detestables”, aseveró el crítico literario. “No puedo sino recordar a mi querido y admirado vecino el novelista Sergio Pitol narrando que su anhelo orgástico de Paraíso era un cuarto de hotel en cualquier ciudad medio pelo sin teléfono y tirado en la cama rodeado de libros”.
“No me queda duda de que sobreviviremos viviendo en cenobios casi clandestinos, como los primeros cristianos, que nos serviremos de su discreta circulación o memorizando libros enteros como los personajes de Ray Bradbury”, aseguró Christopher Domínguez Michael.
La conferencia “Comment sauver les textes? (¿Cómo salvar los textos?)”, impartida por William Marx, resultado de la colaboración entre los colegios Nacional y de Francia, se encuentra disponible en el Canal de YouTube de la institución: elcolegionacionalmx.
