Hay algo paradójico en lo que está pasando: la generación más conectada digitalmente de la historia está comprando cámaras digitales compactas de los años 2000, cascos con cable y consolas retro. No como gesto nostálgico —no puedes sentir nostalgia de algo que no viviste— sino como reacción contra la perfección homogénea del smartphone.
Las llamadas digicams —esas cámaras compactas de Canon, Sony, Fujifilm o Nikon que vivieron su auge entre 1999 y 2008— se han convertido en objeto de culto entre menores de 30 años. Según datos de la plataforma Wallapop, entre 2021 y 2024 las búsquedas de cámaras digitales crecieron un 600%; en la primera mitad de 2025, la tendencia se mantuvo sostenida, y modelos icónicos como la Fujifilm Finepix registraron incrementos de precio de hasta un 336%.
La razón no es técnica. El sensor de cualquier smartphone de 2026 produce imágenes técnicamente superiores. Pero ningún filtro de Instagram replica del todo el look específico de una digicam de 2005: el flash directo, los colores saturados, el viñeteado, la resolución limitada. Esa imperfección es precisamente lo que se busca. La industria ya lo notó: Canon respondió aumentando su producción de cámaras compactas en un 50% para 2026, con al menos tres nuevos modelos en camino.
En el fondo, lo que está pasando es más interesante que una moda: es una generación eligiendo deliberadamente lo imperfecto en un entorno donde todo ha sido optimizado para verse igual de bien. La imperfección, resulta, también tiene su estética.
