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Pocas fachadas tan discretas guardan tanto encanto como la de Nagaoka, en una calle tranquila de la colonia Cuauhtémoc.

Pasa desapercibido entre oficinas y árboles viejos, con un letrero pequeño y una puerta de madera que parece cerrada. Pero si empujas, se abre un universo distinto: el silencio se impone, el aire huele a miso y el murmullo de cuchillos trabajando te envuelve.

El restaurante fue fundado hace décadas por una familia japonesa, y su menú es una cápsula del tiempo. Nada aquí intenta ser moderno. Los platillos llegan simples, precisos, perfectos: sashimis que parecen tallados con devoción, sopas servidas sin adorno, arroz que brilla.

Los meseros caminan despacio, casi ceremoniosos. Nadie te apura.

Comer en Nagaoka es como viajar sin moverte. El exterior bulle, pero adentro hay calma, respeto y una extraña sensación de gratitud.

Sales con el alma liviana, como si hubieras pasado por un templo.

📍Pestalozzi 1238, Col. Del Valle Norte.

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