Mostrarse dejó de ser opcional. Durante años, existir significaba ser visible, compartir, explicarte. Pero ese mandato empieza a pesar. Y surge algo nuevo: las ganas de volver a ser anónimo, aunque sea por ratos.
No todo necesita publicarse, comentarse o traducirse. El anonimato ya no es que te ignoren—es algo que elegís. Te deja moverte sin que nadie espere nada, probar cosas sin dejar registro, existir sin tener que armar una versión pública de vos.
No se trata de desaparecer del todo. Es más bien dosificar. Apagar la cámara, no opinar de todo, no definirte en cada momento. En una cultura donde siempre estás “on”, perderte un poco es cuidarte. Y también, de alguna forma, resistir.
