Estás ahí, atrapado en las entrañas de la Línea 9, dirección Pantitlán. El aire no circula; es una masa sólida, una arquitectura de sudor y cansancio que se te pega a la nuca a las seis de la tarde. A tu lado, una chava —quizás de diecinueve años, quizás menos— ha logrado lo imposible: anular el olor a humedad y el empujón violento del señor de la mochila para entrar en trance. Sus ojos no ven el vagón naranja; ven una guerra.
Sus pulgares ejecutan una danza frenética, veloz como un solo de jazz, defendiendo a una estrella de K-pop de un comentario lanzado en Seúl hace apenas tres minutos. Ella nunca ha pisado Corea, y probablemente ese comentarista anónimo jamás sabrá de su existencia, pero en ese hilo de X-Twitter, su vida cobra una relevancia que el salón de clases de la FES simplemente no puede ofrecerle.
Bienvenidos a la parroquia de bolsillo. El incienso ha sido reemplazado por el resplandor hipnótico de las pantallas OLED y el “Padre Nuestro” ahora tiene la melodía de un bonus track que solo el uno por ciento de los elegidos conoce de memoria.
El naufragio en un vaso de unicel
Zygmunt Bauman, ese profeta de la incertidumbre, solía decir que habitamos una “modernidad líquida”. Es un mundo donde todo lo sólido —el empleo eterno, el sindicato protector, la religión del barrio, el matrimonio de hierro— se nos escapa entre los dedos como agua de jamaica en un vaso de unicel perforado. Ya no pertenecemos a nada que dure más que una actualización de software. El vecino es un fantasma y la política, una fila bajo el sol que da más flojera que trámite burocrático.
En este desierto de lo sólido, ¿qué nos queda? El fandom.
No se trata solo de que te guste una serie o un cantante; es la balsa que hemos construido para no ahogarnos en el vacío. Antes, los hombres y mujeres se entregaban a una bandera o a una fe con la solemnidad del sacrificio. Hoy, los “Swifties”, la “Army” o los guardianes de la galaxia de “Star Wars” habitan lo que Bauman llamaba “comunidades de guardarropa”. Llegas, te pones la identidad de fan como si fuera una chamarra de mezclilla, compartes el calor de la multitud mientras dura el espectáculo y, cuando se apagan las luces, regresas a tu soledad. Pero mientras el ritual está encendido, te sientes parte de algo inmenso, algo que te trasciende.
De la fe heredada a la tribu de Discord
¿Por qué un morro de Ecatepec se siente más hermanado con un streamer de Madrid que con el señor que vende tamales en su propia calle?. Porque el fandom es una identidad por elección, no una condena por código postal. Las instituciones de antes, la Iglesia o el partido, eran paquetes cerrados: tenías que estar ahí, poner el cuerpo y aceptar dogmas rígidos.
El fandom es más seductor: te regala la dopamina de la pertenencia sin la pesadez del compromiso burocrático. Es una tribu digital donde el rito de paso no es el bautismo, sino conocer el lore infinito de un videojuego o descifrar los easter eggs escondidos en un video musical.
Pero no te equivoques, esta fe también tiene sus inquisidores. Como ya no tenemos “grandes verdades” a las cuales aferrarnos, convertimos nuestros gustos en trincheras. Si alguien osa insultar a tu ídolo, no está opinando sobre música; está dinamitando los cimientos de tu casa emocional. De ahí nacen las cancelaciones, esas batallas campales en redes sociales que parecen guiones de “La Rosa de Guadalupe” escritos por un Tarantino con insomnio.
El costo de la entrada: Amor y toxicidad
Buscamos el fandom para no estar solos, pero a veces terminamos encerrados en cámaras de eco donde solo retumba nuestra propia voz. El “nosotros” de estas tribus a menudo solo cobra sentido cuando existe un “ellos” a quienes aplastar en reproducciones de Spotify o hundir en comentarios. Es un amor, sí, pero un amor líquido: hoy eres el devoto número uno y mañana puedes ser excomulgado por tu propia comunidad si no te alineas al último cambio en el discurso colectivo. Es la paradoja de nuestro tiempo: somos libres de elegir nuestra tribu, pero vivimos aterrorizados de que la tribu nos deje de seguir.
En México, este fenómeno tiene un regusto particular. Somos una cultura de “bola”, de familia muégano que se niega a separarse. Cuando el barrio se desdibuja bajo el peso de la violencia o el maquillaje de la gentrificación, el fandom se convierte en el nuevo territorio. Los compas ya no están en la esquina esperando la cascarita; ahora habitan servidores de Discord, discutiendo con pasión religiosa por qué el final de su serie favorita fue una traición personal. Es la misma necesidad de “echar desmadre” y sentirse acuerpado, pero trasladada a la nube.
¿Refugio o espejismo?
Al final, cuando apagas el celular y la pantalla se queda negra, devolviéndote el reflejo de tu propia cara cansada, surge la duda: ¿estos vínculos nos sostienen de verdad?. Bauman sospechaba que estas comunidades eran frágiles porque no exigen un sacrificio real. Dar clics y comprar mercancía es fácil. Lo verdaderamente difícil es construir comunidades que nos cuiden cuando la enfermedad toca a la puerta o cuando el dinero de la renta no alcanza.
El fandom te regala una identidad, pero rara vez te ofrece un hombro real para llorar, aunque existan esas excepciones luminosas donde la red digital salta a la realidad física. Quizás solo sea una estación de paso, un lugar donde descansar mientras aprendemos a caminar en este mundo que se derrite. Es una forma de gritar: “¡Aquí estoy!, alguien me ve, alguien comparte mi obsesión por estas cosas que no sirven para nada pero que, ahora mismo, lo son todo”.
Así que, la próxima vez que veas a alguien en el Metro peleando con furia en un hilo de comentarios, no lo juzgues. No está defendiendo a un artista; está tratando de mantener encendida la última fogata que lo protege del frío de la incertidumbre.
Y tú, ¿en qué comunidad de guardarropa dejaste hoy colgado tu abrigo?.
