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En México y América Latina, el maximalismo no es algo que llegó de afuera ni una moda pasajera para contrastar con el minimalismo. Es algo que siempre ha estado aquí. Una manera de expresarnos que hoy vuelve con fuerza: colores que gritan, mezclas imposibles, símbolos encimados, todo junto y sin pedir permiso. Es una forma de decir “aquí estamos” frente a un mundo que a veces quiere que todo se vea igual.

El minimalismo tiene su rollo: neutro, contenido, elegante a su manera. Pero el maximalismo latinoamericano va por otro lado. Se arma desde la abundancia, desde lo que tenemos y lo que somos. Artesanía, gráfica callejera, fiestas patronales, altares, mercados, moda de tianguis… todo convive sin orden aparente, pero con sentido propio. No se trata de “ordenar” lo visual, sino de mostrarlo todo de un jalón.

En México, esto se ve por todos lados. Desde los colores de Frida y el arte popular hasta el diseño gráfico contemporáneo y la ropa que se arma en la calle. Texturas, patrones, referencias históricas y actuales dialogando sin complejos. El exceso no es descuido: es una forma de contar varias historias al mismo tiempo.

Y pasa lo mismo en el resto de América Latina. En Colombia, Brasil, Perú, Argentina… el maximalismo es una manera de recuperar lo propio en un mundo donde todo tiende a verse parecido. Diseñadores y artistas echan mano de colores saturados, símbolos locales y composiciones que no le temen a la saturación. Es una forma de posicionarse: “esto somos, así nos vemos”.

Este regreso también tiene que ver con el momento que vivimos. En medio de tanta incertidumbre —económica, política, ambiental— el maximalismo se siente como un gesto de vida. Frente a la austeridad forzada o la neutralidad emocional, el exceso funciona como resistencia: color contra el gris, ornamento contra el vacío, identidad contra el anonimato.

En la moda, esto se traduce en capas, estampados que no deberían pegar pero pegan, mezclas que priorizan la expresión personal sobre “lo correcto”. En diseño de interiores y arte visual, aparecen espacios llenos de memoria, objetos con historia, composiciones que te invitan a quedarte mirando un rato.

El maximalismo en México y América Latina no es solo una decisión estética. Es una postura. Una forma de decir que lo complejo, lo mezclado, lo abundante también son maneras válidas de estar en el mundo. Frente a la simplificación, el maximalismo responde con relato, con cuerpo, con presencia.​​​​​​​​​​​​​​​​

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