Tradición mexicana para empezar el día
En la esquina del Metro Ermita, justo donde se cruzan los grafitis y el ruido de los camiones, un carrito azul se convierte en punto de encuentro desde antes del amanecer.
Ahí trabaja Doña Licha, una mujer de 64 años que prepara tamales desde hace más de tres décadas.
Su puesto es parte viva del barrio: todos la conocen, todos la saludan. Los trabajadores de madrugada, los estudiantes que van tarde, los policías de guardia, todos paran por un tamal verde o un atole espeso.
“Yo me quedo porque aquí me quieren”, dice mientras envuelve un tamal con manos rápidas y firmes.
Su carrito ha sobrevivido a cierres de calles, lluvias, pandemias y sismos. Pero lo que no cambia es la fila de gente que llega buscando un desayuno caliente y una palabra amable.
El aroma a masa y hoja de maíz se mezcla con la música de una bocina vieja. Hay algo familiar, casi íntimo, en ver a desconocidos compartir el mismo ritual cada mañana.
En una ciudad que corre, Doña Licha representa lo que se queda: el cariño, el oficio y la constancia.
