En una calle angosta del Centro Histórico, a unos pasos del Zócalo, está uno de los restaurantes más interesantes de la escena actual: Limosneros. Abrió en 2013 dentro de una casona del siglo XVI que fue bodega, refugio de comerciantes y ahora es un espacio gastronómico con mucha historia.
El restaurante es de la misma familia de Los Girasoles, pero Limosneros se propuso algo distinto: reinterpretar la cocina mexicana con ingredientes locales y técnicas modernas. El nombre viene de una tradición colonial, cuando los limosneros ofrecían comida a cambio de donaciones. Hoy esa idea se transforma en una propuesta que celebra los productos del campo y la relación con productores nacionales.
El espacio es bonito: muros de piedra, lámparas de hierro, mesas de madera oscura. La luz es tenue, lo suficiente para mantener el ambiente íntimo sin que se sienta pesado. A un lado hay una cava visible con vinos y mezcales que acompañan cada platillo.
La carta cambia según la temporada, pero normalmente incluye cosas como taco de tuétano con escamoles, mole de ceniza con pollo orgánico o aguachile de camarón con chile chilhuacle. Todo se prepara con técnicas contemporáneas pero respetando los ingredientes de origen mexicano. Nada se siente forzado: los sabores son profundos y reconocibles, aunque presentados de forma más refinada.
Limosneros no busca ser un restaurante de lujo, sino un espacio donde la cocina mexicana se respete y se experimente al mismo tiempo. El equipo te explica cada plato y su procedencia, lo que hace que la experiencia sea más cercana. A pesar del nivel gastronómico, el ambiente es relajado: puedes ir a comer bien sin tener que ir de gala.
En poco más de una década se ganó un lugar entre los favoritos de locales y visitantes que buscan una versión más actual del sabor tradicional. No es solo un lugar para comer: es una muestra de todo lo que México puede contar a través de su cocina.
📍Cómo llegar: Calle Allende 3, Centro Histórico. Desde el Metro Zócalo, camina por Seminario y gira en Allende. El restaurante está a unos pasos del Museo Nacional del Arte. Su fachada discreta de piedra contrasta con el movimiento del Centro: adentro, todo se siente más pausado.
