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📍 Dirección: Agustín Melgar 6, Colonia Condesa, Cuauhtémoc, Ciudad de México, CDMX

@lardomexico

En la esquina de Agustín Melgar y Mazatlán, donde la Condesa se cubre de árboles altos y de conversaciones que se extienden entre brunch y sobremesa, se encuentra Lardo, un restaurante que ha logrado un equilibrio difícil: ser sofisticado sin pretensión, y cálido sin perder elegancia.

Detrás de su cocina abierta está Elena Reygadas, una de las chefs más reconocidas del país, quien imaginó este lugar como un espacio para compartir más que solo comida. Aquí los platillos se piensan en plural: son para el centro de la mesa, para el intercambio, para que los sabores se mezclen como las conversaciones que llenan el aire a mediodía.

Las primeras horas del día en Lardo son luminosas. El olor a pan recién horneado se mezcla con el de los cafés servidos con espuma espesa, y con el murmullo suave de los comensales que llegan sin prisa. El horno de leña está siempre encendido; de él salen pizzas de masa delgada, vegetales rostizados, y panes que acompañan platos de temporada. La barra, larga y de tonos naturales, permite ver todo: las manos que preparan, los rostros que prueban, las miradas que se cruzan.

Hay algo profundamente humano en la forma en que este restaurante entiende el tiempo. En un mundo donde todo parece acelerado, aquí la vida se desacelera de forma natural. Los meseros caminan con ritmo pausado, la música parece elegida para no interrumpir, y la luz —filtrada por las hojas de los árboles que rodean el lugar— entra con una cadencia que invita a quedarse.

No importa si llegas solo o acompañado: Lardo tiene esa capacidad de adaptarse a tu estado de ánimo. Hay quienes vienen a trabajar, quienes celebran, quienes se reencuentran. Todos encuentran en su menú algo que resuena: una burrata con tomates dulces que sabe a verano, una pasta con mantequilla y salvia que se siente como un abrazo, una copa de vino blanco que acompaña silencios compartidos.

Lardo no es solo un restaurante; es una escena de la ciudad. Una postal viva de la Condesa que cambia según la hora del día, pero que siempre conserva su esencia: una mezcla de cocina honesta, estética natural y humanidad sin adornos.

Cada plato, cada gesto y cada conversación aquí parecen recordar que comer sigue siendo, ante todo, un acto de encuentro.

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