Pocas veces nos detenemos a pensar en ellos, pero pasamos horas de nuestra vida en espacios de tránsito: el pasillo del metro, la escalera del puente peatonal, la sala de espera del consultorio, el túnel entre estaciones. Son lugares que atravesamos casi en automático, sin prestarles atención… hasta que algo falla.
Hasta que la luz está fundida y caminar se siente inseguro. Hasta que el piso está tan sucio que inconscientemente aceleras el paso. Hasta que la señalización es tan confusa que terminas perdido y frustrado.
Lo que la investigación reciente en diseño urbano y psicología ambiental nos está mostrando es que estos espacios tienen un impacto directo y medible en cómo nos sentimos. Una estación de metro bien iluminada, con señalización clara, limpia y con mantenimiento visible no solo funciona mejor: nos hace sentir más seguros, menos ansiosos, más dignos como ciudadanos.
No es un tema superficial ni estético nada más. Los especialistas lo dicen claro: invertir en la arquitectura del trayecto es invertir en salud pública. Son millones de desplazamientos diarios que, silenciosamente, van construyendo nuestra experiencia emocional de la ciudad. Un túnel sucio y oscuro te hace sentir vulnerable. Una escalera bien señalizada y mantenida te recuerda que alguien se preocupó porque llegaras bien.
La dignidad urbana también se mide en esos pequeños espacios invisibles que, cuando están bien cuidados, nos hacen sentir que merecemos una ciudad mejor.
