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En el Centro Histórico, mientras el ruido de los tranvías y turistas se confunde con las conversaciones de comerciantes ambulantes, pocos se detienen a contemplar el ambiente que respira Café De Tacuba. Fundado hace más de un siglo, este lugar es más que una cafetería: es un pedazo vivo de la historia gastronómica de la ciudad. Cuando cruzas su puerta de madera, los pisos de mosaico, los techos altos y los cuadros que parecen haber visto pasar generaciones te envuelven. Los meseros avanzan entre las mesas con pasos medidos, trayendo platos tradicionales que han sido reinterpretados con cariño a lo largo de los años: desde enchiladas bañadas en salsa roja hasta mole que desprende un aroma que inmediatamente recuerda a las cocinas de las abuelas. Aquí se conversa pausado, se observa a la gente y se saborea cada sorbo como si el tiempo tuviera otra velocidad. En una ciudad que avanza tan rápido, este café es un refugio donde la sabiduría del pasado se encuentra con el paladar presente, un puente entre generaciones que sigue emocionando a locales y viajeros por igual.

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