El edificio más hermoso de la Ciudad de México tiene nueva razón para ser visitado. El Museo del Palacio de Bellas Artes acaba de inaugurar una exposición que lleva meses siendo anticipada por la comunidad artística del país, y la respuesta en sus primeros días confirma que la espera valió la pena. La muestra, que reúne obra de artistas mexicanos del siglo XX con piezas que raramente han salido de colecciones privadas, propone un recorrido que desafía la forma en que solemos ordenar la historia del arte en México: en lugar de seguir una línea cronológica, organiza las obras por tensiones temáticas, por preguntas que se repiten de generación en generación independientemente del año en que fueron pintadas.
Lo que hace distinta a esta exposición de muchas otras es la decisión curatorial de incluir obras de artistas que históricamente han quedado al margen del relato oficial. Junto a los grandes nombres que cualquiera reconocería en una lámina de preparatoria, aparecen pintores y grabadistas cuya obra es igualmente rigurosa pero que nunca tuvieron el acceso a las instituciones ni a los coleccionistas que marcaron quién entraría a los libros de historia. Esa decisión no es un gesto político vacío: cuando se ven las obras juntas, el diálogo que se establece entre ellas enriquece a todas y deja claro que el canon oficial siempre fue una selección, no una verdad.
Bellas Artes, con sus murales de Rivera, Orozco y Siqueiros en el interior y su fachada de mármol blanco que se vuelve amarilla con la luz de la tarde, sigue siendo uno de los espacios donde la cultura mexicana se toma en serio a sí misma. Esta exposición merece dos visitas: una para dejarse sorprender y otra para quedarse con las preguntas.
