Lo del Super Bowl LX fue mucho más que un show espectacular. Lo que vimos en el Levi’s Stadium fue, en realidad, un momento político disfrazado de concierto. Bad Bunny no solo demostró su alcance global: dejó en claro que uno de los escenarios más vistos del planeta se ha convertido en un ring donde se pelean identidades, poder cultural y representación.
Un escenario que siempre fue territorio conservador
Seamos francos: el Super Bowl, organizado por la NFL, siempre ha sido un espacio muy estadounidense en el sentido tradicional. Banderas, himnos, una idea bastante homogénea de lo que significa ser “americano”, y casi todo en inglés con referentes anglosajones. Aunque en los últimos años el medio tiempo se ha vuelto más diverso, la estructura del evento sigue siendo un escaparate del poder cultural dominante de Estados Unidos.
Ahí es donde la presencia de Bad Bunny cobra otro sentido. Este es un artista que canta en español, que reivindica a Puerto Rico sin complejos y que ha criticado abiertamente cómo el gobierno federal trata a los territorios latinos. No fue una aparición simbólica ni un gesto de inclusión superficial. Fue ocupar el centro del escenario. Y eso, les guste o no a algunos, tiene un peso político innegable.
Cantar en español no fue casualidad
Uno de los puntos más importantes del show fue que casi todo sonó en español. En un evento que junta a una de las audiencias más grandes del planeta, el español pasó de ser “el idioma de los invitados” a ser el idioma principal. Culturalmente, eso rompe con décadas de que el inglés sea el único idioma “legítimo” del entretenimiento masivo en Estados Unidos.
Y esto pasa en un país donde el idioma se ha usado como herramienta política para marcar quién pertenece y quién no. Así que no, cantar en español en el Super Bowl no fue solo una decisión artística. Fue una declaración de presencia latina en un espacio donde siempre hemos sido tolerados, pero nunca centrales.
Puerto Rico dejó de ser invisible
La escenografía, el vestuario, la bandera, los espacios cotidianos boricuas: todo eso llevó a Puerto Rico al centro de la conversación. Y eso también es político. Puerto Rico es un territorio que pertenece a Estados Unidos, pero que no tiene los mismos derechos. Millones de puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses, trabajan, pagan impuestos, mueven la economía y la cultura… pero no tienen representación plena en el Congreso.
El show de Bad Bunny no resolvió esa contradicción histórica, pero la puso sobre la mesa frente a millones de personas. Puerto Rico no apareció como “la isla bonita” de postal turística, sino como origen cultural, como identidad viva, como algo que importa.
La polarización que vino después
Las reacciones al show lo dijeron todo. Mientras muchos celebraban el espectáculo como un avance en representación y diversidad, sectores conservadores lo vieron como una afrenta a los “valores tradicionales” del Super Bowl. Y las críticas no eran solo por la música: era por lo que representaba. Un desplazamiento del centro cultural hacia expresiones no anglosajonas, no blancas.
Ese choque de interpretaciones confirma algo: el medio tiempo del Super Bowl ya no es un espacio neutral. Es un campo donde se negocian identidades, poder y significados. La cultura pop dejó de ser entretenimiento inocente; ahora es vehículo de discursos políticos mucho más profundos.
Cultura pop como arma silenciosa
Si lo miramos desde el ángulo del poder cultural, el show de Bad Bunny fue un ejercicio perfecto de “soft power” latino. Sin discursos políticos explícitos ni consignas directas, logró posicionar una identidad, un idioma y una memoria colectiva en uno de los escaparates más influyentes del mundo. La política, en este caso, no estuvo en las palabras, sino en normalizar una presencia que antes era excepcional.
El impacto real no se mide solo en views o reproducciones. Se mide en lo que vino después: los debates en medios, las reacciones políticas, los análisis académicos. Se mide en que la cultura latina quedó confirmada como parte fundamental —no accesoria— del paisaje cultural estadounidense.
Un precedente que ya no se puede borrar
El medio tiempo del Super Bowl LX dejó algo claro: la cultura latina no solo puede ocupar el centro del espectáculo más visto del año, sino redefinirlo por completo. A partir de ahora, cualquier intento de relegarla de nuevo a los márgenes será leído como lo que es: una decisión política, no artística.
Lo que pasó con Bad Bunny no fue un momento aislado. Fue una señal de cambio estructural. El Super Bowl, como espacio simbólico, mostró que la cultura pop ya no refleja un solo proyecto nacional, sino una sociedad atravesada por tensiones, diversidad y disputas reales sobre qué significa hoy ser estadounidense.
Y eso, amigos, ya no tiene reversa.
