Detrás del fenómeno de Stranger Things
Te pones los audífonos. No son unos Sony Walkman de 1984, sino unos AirPods con cancelación de ruido de última generación. Pulsas play en Netflix. El rojo neón de las letras de Stranger Things se expande por la pantalla y, de repente, algo en tu pecho se aprieta. Es una punzada de añoranza, un deseo físico de estar allí: en un sótano jugando a Dungeons & Dragons, pedaleando una bicicleta repartidora de periódicos por un suburbio de Indiana, sintiendo el aire frío de una noche sin Google Maps.
Lo extraño es que tú naciste en el 2005. Nunca viste un casete enrollarse con un bolígrafo, ni supiste lo que era quedar con alguien “debajo del reloj” en alguna estación del Metro, sin poder enviar un WhatsApp para decir que llegabas tarde. Sin embargo, lo extrañas. Bienvenido al fenómeno de la nostalgia prestada, un refugio digital construido con retales de una memoria que no te pertenece.
La arquitectura de un recuerdo inventado
Stranger Things no es solo una serie; es una catedral construida para adorar lo que el crítico Simon Reynolds llamó “Retromanía”. Los hermanos Duffer no nos están contando una historia de monstruos en el sentido tradicional, sino que están operando una máquina de memoria artificial. Utilizan un código visual que nuestro cerebro reconoce como “hogar”, incluso si nunca vivimos en esa casa.
¿Cómo lo logran? A través de las texturas. La serie está saturada de colores cálidos, grano de película y sintetizadores analógicos que imitan el latido del corazón. La ciencia sugiere que nuestro cerebro es particularmente susceptible a la estética de décadas pasadas porque las percibimos como “analógicas” y, por tanto, “reales”. En un mundo donde todo es efímero —un scroll infinito de TikTok que desaparece al segundo—, la solidez de una radio de transistores o una chaqueta de mezclilla ofrece un anclaje sensorial.
Es lo que los sociólogos llaman Anemoia: la nostalgia por un tiempo que nunca conociste. Es una forma de turismo temporal donde el billete de avión es tu suscripción de streaming.
El refugio contra el ruido del futuro
¿Por qué los jóvenes de la Generación Z y los Millennials tardíos están tan obsesionados con los 80 de Hawkins? La respuesta no está en el pasado, sino en la ansiedad que nos produce el mañana.
Vivimos en la era de la incertidumbre climática, la inteligencia artificial que amenaza los empleos creativos y una economía que parece un juego de Jenga a punto de colapsar. En este contexto, el pasado —especialmente uno tan estilizado como el de Stranger Things— se presenta como un espacio seguro. Sabemos cómo terminan los 80. Sabemos que, a pesar de la Guerra Fría, el mundo no se acabó. Hay un consuelo profundo en una narrativa donde los problemas se resuelven con un grupo de amigos y una linterna, y no con un algoritmo algido.
La nostalgia aquí actúa como un anestésico. Es más fácil enfrentar a un Demogorgon que a la posibilidad de que el mercado inmobiliario te expulse de tu ciudad. El pasado de ficción es un lugar donde las reglas eran claras y el futuro aún no se había “roto”.
Fabricando la identidad en el espejo retrovisor
Existe una teoría interesante del filósofo Mark Fisher sobre la “lenta cancelación del futuro”. Fisher argumentaba que, en el siglo XXI, hemos perdido la capacidad de imaginar mañanas radicalmente distintos. Por eso, nuestra cultura se dedica a reciclar versiones del pasado.
Al adoptar la estética de Stranger Things —desde las zapatillas Reebok hasta la música de Kate Bush—, los jóvenes no están simplemente siguiendo una moda. Están muestreando la historia. Al igual que un DJ toma un fragmento de una canción vieja para crear un éxito nuevo, esta generación toma la estética de los 80 para construir su propia identidad.
Es una forma de resistencia silenciosa contra la perfección clínica de lo digital. Preferimos lo “vintage” porque tiene marcas de uso, porque parece haber sobrevivido al tiempo. En un mundo de filtros de belleza y rostros generados por IA, la imperfección de un televisor de tubo nos parece más humana, más cercana a la verdad.
¿Es peligrosa esta añoranza?
No todo es color de rosa (o de neón). Algunos críticos advierten que vivir en un bucle de nostalgia puede impedirnos crear algo verdaderamente nuevo. Si siempre estamos mirando hacia atrás para sentirnos seguros, ¿quién está diseñando la estética del 2050?
Sin embargo, hay una belleza innegable en esta conexión intergeneracional. Cuando Running Up That Hill volvió al número uno de las listas globales cuarenta años después, se creó un puente invisible entre quienes vivieron el estreno original y quienes la descubrieron en una escena de Max Mayfield escapando de sus traumas.
La nostalgia prestada no es una mentira; es un mecanismo de supervivencia. Es la forma en que los jóvenes de hoy dicen: “Necesito un respiro de este presente tan veloz”.
La última luz del centro comercial
Al final, cuando terminas la quinta y última temporada, y cierras el portátil, la habitación se queda a oscuras. La luz azul de la pantalla deja un rastro en tus ojos, una especie de fantasma óptico. Sales a la calle y ves a alguien pasar con una sudadera que dice “Hellfire Club”. Sonríes.
Quizás lo que extrañamos de los 80 no es la época en sí —que tuvo sus propias crisis y miedos—, sino la promesa de conexión. La idea de que, sin teléfonos móviles, estábamos más presentes los unos para los otros. Que el misterio acechaba en el bosque de al lado y no en una notificación de una red social.
La nostalgia prestada es, en última instancia, un deseo de magia en un mundo desencantado por los datos. Y mientras el sintetizador siga sonando, seguiremos pedaleando en nuestras bicicletas imaginarias, buscando algo real en el reflejo de un tiempo que nunca fue nuestro, pero que ahora nos pertenece a todos.
¿Y tú? ¿Qué parte de ese pasado inventado es la que te hace sentir que, por un momento, el futuro puede esperar?
