Hay un lenguaje que solo sale cuando no hay performance. Es rápido, irónico, medio contradictorio. Lleno de códigos que no se explican, chistes internos, silencios que dicen todo. Es el lenguaje del barrio, de la confianza, de la gente con la que no tenés que actuar.
Ese lenguaje no busca quedar bien ni sonar correcto. Busca que te entiendan rápido. Funciona porque nace del contexto, no del manual. Por eso cuando este modo de hablar entra a lugares más formales—medios, empresas, política—genera tensión. No se adapta: se muestra tal cual es.
Y ahí está su fuerza cultural. No pide permiso ni traducción. Representa a comunidades que históricamente no tuvieron el micrófono, pero que igual armaron formas complejas y propias de nombrar el mundo.
