Hubo un tiempo en que el K-Pop era visto como un fenómeno de nicho, algo que los algoritmos mostraban a adolescentes en YouTube y que el resto del mundo miraba con curiosidad. Ese tiempo quedó muy atrás. Según datos de la Korea Music Content Association, la industria superó los 10 mil millones de dólares en ingresos globales durante 2025, sumando ventas físicas, plataformas digitales, giras internacionales y todo el ecosistema de mercadotecnia que rodea a sus artistas.
Grupos como BTS, BLACKPINK y Stray Kids siguen encabezando giras que recaudan más de 200 millones de dólares por tour —cifras que compiten de igual a igual con los artistas más rentables del pop occidental. Pero más allá de los grandes nombres, lo interesante es cómo el género ha logrado construir comunidades verdaderamente globales: fans que aprenden coreano, que viajan a conciertos en otros continentes, que compran discos físicos en la era del streaming simplemente porque quieren tener algo tangible de sus artistas favoritos.
En México, el consumo digital del género creció un 26 % en términos interanuales, con especial fuerza entre usuarios de 15 a 29 años. No es solo música: es identidad, comunidad y, cada vez más, una fuerza cultural que las marcas, los festivales y las plataformas no pueden ignorar.
