Hace apenas unos años, hablar abiertamente de terapia, de límites laborales, de duelos sin resolver o de salud mental en general era algo que simplemente no se hacía. Esos temas se quedaban en la intimidad, en la consulta privada, en conversaciones susurradas entre amigos cercanos. Pero algo cambió.
En 2026, la pregunta ya no es si debemos hablar de estas cosas, sino cómo hacerlo bien. Las redes sociales, los podcasts, los artículos, las series: todos están llenos de estas conversaciones que antes considerábamos “demasiado personales” para el espacio público.
Y los datos lo confirman: los contenidos reflexivos, los que van más allá del escándalo inmediato o la polémica viral, son los que mantienen interacción sostenida en el tiempo. La gente ya no solo quiere consumir contenido que la entretenga; quiere contenido que la ayude a entenderse, que nombre lo que siente pero no sabía cómo expresar.
El reto, claro, es mantener el equilibrio. Los especialistas advierten sobre los riesgos de la simplificación excesiva (reducir la depresión a un meme) o la romantización del malestar (convertir la ansiedad en estética). Pero incluso con esos peligros, hay algo poderoso en lo que está pasando.
Una sociedad que se atreve a nombrar lo incómodo, a reconocer sus fracturas, a decir en voz alta “esto no está bien y necesitamos hablarlo”, no es necesariamente una sociedad en crisis. Es una sociedad que está revisando sus acuerdos, cuestionando sus silencios, creciendo de manera dolorosa pero necesaria.
Cuando la conversación pública se sostiene con información real, con matices, con empatía y sin caer en el morbo, se convierte en algo más que ruido: se vuelve transformación colectiva. Y eso, aunque incómodo, es exactamente lo que necesitamos.
