Entre el placer y el deber: todos somos un poco hedonistas y un poco kantianos

Vivimos en una tensión que no se resuelve nunca: queremos sentir placer, pero también queremos hacer lo correcto. Y lo curioso es que esta no es una pelea con el mundo exterior, sino con nosotros mismos. Por eso, aunque el hedonismo y el kantianismo parezcan enemigos mortales en los libros de filosofía, en la vida real andan juntos, mezclados en cada decisión que tomamos.

Buscar placer es profundamente humano. Y no me refiero solo a lo obvio o superficial, sino a esa necesidad de sentirnos bien, de disfrutar, de encontrarle sentido a lo que vivimos. Elegimos la comida que nos gusta, un trabajo que nos llene más allá del sueldo, una vida que no sea puro sufrimiento. En ese impulso no hay nada frívolo: es simplemente afirmar que estamos vivos.

Pero tampoco vivimos solo buscando lo que nos da gusto. Aunque queramos algo, lo pensamos dos veces, lo aplazamos o nos frenamos. Ahí aparece el deber, esa voz que nos dice que no todo lo que queremos es lo que deberíamos hacer. Actuamos según principios, responsabilidades, compromisos con otros. Eso es lo kantiano en nosotros: hacer lo correcto aunque no nos apetezca.

La verdad es que casi todas nuestras decisiones importantes suceden justo en ese cruce. Nos quedamos cuando sería más fácil irnos. Decimos que no cuando el cuerpo nos pide otra cosa. O nos damos el gusto después de cumplir con “lo que toca”. No somos perfectamente coherentes, pero sí estamos todo el tiempo negociando entre lo que queremos y lo que creemos que debemos.

Pensarnos solo como hedonistas sería ignorar que tenemos brújula moral. Pensarnos solo como kantianos sería negar que tenemos cuerpo, emociones y ganas de vivir. La vida no cabe en un solo manual de instrucciones. Se hace en la fricción entre ambos.

Tal vez madurar no sea elegir un bando, sino reconocer cuándo dejarnos llevar por el placer y cuándo pararnos en seco por el deber. Entender que no todo placer es egoísmo, ni todo deber es justo. Que vivir es decidir, una y otra vez, qué parte de nosotros habla más fuerte en ese momento.

Al final, no somos teorías con piernas. Somos personas que deseamos, pensamos, nos equivocamos. Y en ese equilibrio inestable entre el goce y la regla es donde realmente vivimos.​​​​​​​​​​​​​​​​

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