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En la Ciudad de México, el pulso político no se toma solo en las oficinas de palacio de gobierno, sino en los pasillos y andenes del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro. Recientemente, los datos de las encuestas más serias, como la de El Financiero publicada este febrero de 2026, revelan un fenómeno digno de análisis: la aprobación de la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, ha escalado hasta un sólido 63%, impulsada en gran medida por una mejora sustancial en la percepción del Metro. 
No es coincidencia. El Metro, que históricamente ha sido el “talón de Aquiles” de las administraciones capitalinas, hoy se percibe de forma positiva por el 60% de los usuarios, un incremento de 16 puntos porcentuales respecto a mediciones previas. ¿Cómo se explica este fenómeno en una urbe donde todavía existen tantos retos en materia de movilidad?
La estrategia de Brugada ha sido clara: transformar el transporte en el brazo ejecutor de su política social. Tres pilares sostienen este repunte en su popularidad: 

  1. Inversión sin precedentes: El presupuesto de 25 mil millones de pesos para 2026 y la asignación específica de 5 mil millones para la modernización de la Línea 3 demuestran que la infraestructura no es solo discurso, sino una prioridad financiera. 
  2. Tarifa social inamovible: La decisión de mantener el costo en 5 pesos 3.
  3. Modernización tangible: La entrega de nuevas escaleras eléctricas y la implementación de la Tarjeta Virtual de Movilidad no son solo mejoras técnicas; son señales de una gestión que busca dignificar el tiempo de traslado de millones.

La conexión entre el bienestar en el transporte y la aprobación gubernamental es directa. Cuando el Metro funciona, la ciudad fluye y el ánimo social mejora; no solo se estará garantizando la movilidad de la capital, sino consolidando un capital político que parece viajar a toda velocidad sobre rieles. 
Gobernar la Ciudad de México es, ante todo, saber moverla. Y por ahora, la Jefa de Gobierno parece haber encontrado la vía correcta.