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El presidente de Siria, Bashar al Assad, abandonó el país tras el asalto de los rebeldes a la capital, Damasco, un evento que podría marcar el fin de una dinastía de más de 50 años. Según informes de Reuters, al Assad salió en avión acompañado de sus tres hijos, aunque su paradero actual es desconocido.
La guerra civil, que comenzó en 2011, ha dejado más de 500 mil muertos y millones de desplazados. El reciente avance de los rebeldes, liderados por el grupo islamista Hayat Tahrir al-Sham (HTS), ha sido decisivo. En menos de dos semanas, tomaron control de ciudades clave como Alepo y Hama, mientras cercaban Damasco.
El Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH) informó que las fuerzas de Al Assad abandonaron sus posiciones en varias regiones, incluida Homs, la tercera ciudad más importante del país. A pesar de ello, el Ministerio de Defensa negó estas retiradas, calificándolas como “infundadas”.
En Damasco, cientos de personas salen a las calles para celebrar el fin del régimen. Estatuas de Hafez al Assad, padre del presidente, fueron derribadas y pisoteadas, un gesto simbólico contra la dinastía. En Turquía, donde reside una gran diáspora siria, las celebraciones también se hicieron presentes, con oraciones y banderas ondeando bajo la lluvia en Estambul.
“No puedo creer que a partir de hoy ya no tendré más miedo”, declaró Ilham Basatina, residente de Damasco. Por su parte, en Estambul, el estudiante de ingeniería civil Mohamed Cuma afirmó: “Se fue, y eso es lo esencial. Muy probablemente regresaré para ayudar en la reconstrucción”.
La caída de Assad deja un vacío político que genera incertidumbre. Rusia e Irán, principales aliados del régimen, mantienen sus fuerzas en alerta, mientras que Israel apoya operaciones de la ONU para estabilizar la región.
Aunque la salida de Assad marca una nueva era, la reconstrucción de Siria será un desafío monumental, tanto en términos de infraestructura como de reconciliación entre un pueblo dividido.